Cuando la buena voluntad ya no es suficiente

Muchos proyectos nacen gracias a una enorme cantidad de buena voluntad. Personas que ofrecen tiempo, energía, contactos, ideas y disponibilidad porque creen profundamente en aquello que está empezando a tomar forma. En una escuela Waldorf, en una iniciativa social o en cualquier proyecto inspirado en la antroposofía, este impulso puede ser especialmente fuerte, porque el sentido de la iniciativa suele tocar algo muy íntimo en quienes participan. No se está construyendo solamente una organización; se está intentando llevar al mundo una determinada imagen del ser humano, de la educación o de la vida comunitaria.

Durante un tiempo, esa buena voluntad puede sostener muchísimo. Las personas se adaptan, cubren huecos, resuelven imprevistos, se ofrecen para tareas que no estaban previstas y encuentran soluciones con bastante espontaneidad. En las primeras etapas esto no es necesariamente un problema. Al contrario, puede ser una expresión sana de vitalidad. Una organización joven necesita cierta elasticidad, del mismo modo que un organismo en crecimiento necesita poder experimentar antes de consolidar su forma.

La dificultad aparece cuando aquello que era propio del nacimiento intenta convertirse en la forma permanente de funcionamiento.

Cuando un proyecto crece, cambia también la naturaleza de sus necesidades. Aumentan las personas implicadas, las responsabilidades, las decisiones, los recursos económicos, los compromisos con las familias o con la comunidad. Aparecen nuevas funciones y también nuevas expectativas. Lo que antes podía resolverse mediante relaciones directas empieza a requerir acuerdos más claros, y lo que dependía de la disponibilidad personal empieza a necesitar una estructura que pueda sostenerlo incluso cuando esa disponibilidad cambia.

Sin embargo, muchas organizaciones tardan en reconocer este paso. Siguen funcionando durante años con mecanismos que pertenecen a una etapa anterior: tareas sin responsables claros, decisiones que dependen de conversaciones informales, personas que acumulan funciones porque siempre lo han hecho, reuniones en las que se intenta resolver todo colectivamente y una enorme cantidad de trabajo invisible que nadie termina de nombrar.

Desde fuera puede parecer que el proyecto funciona. Desde dentro empieza a aparecer cansancio.

Madurar no significa perder el espíritu original

En muchos entornos antroposóficos existe una tensión particular alrededor de la estructura. La necesidad de definir roles, delimitar funciones o establecer procedimientos puede vivirse como algo excesivamente rígido, empresarial o burocrático. A veces se teme que introducir demasiada organización termine alejando el proyecto de su impulso original.

Pero una estructura no tiene por qué ser una fuerza muerta. Puede ser una forma al servicio de la vida.

Desde una mirada antroposófica, el desarrollo siempre supone diferenciación. En un organismo vivo, las partes no permanecen indiferenciadas para siempre. A medida que el organismo madura, cada órgano va encontrando una función específica y, precisamente gracias a esa diferenciación, el conjunto puede hacerse más complejo sin perder unidad.

En una organización ocurre algo parecido. Al principio puede ser natural que las mismas personas participen en casi todo. Con el tiempo, si el proyecto quiere desarrollarse, necesita distinguir ámbitos, responsabilidades y niveles de decisión. La pregunta no es cómo mantener eternamente la forma inicial, sino cómo permitir que la organización encuentre una forma más adecuada al momento que está atravesando.

Madurar significa poder diferenciar sin fragmentar.

Significa que alguien pueda asumir una responsabilidad concreta sin que eso sea vivido como una apropiación de poder. Que existan espacios distintos para cuestiones pedagógicas, económicas u organizativas sin que cada decisión tenga que pasar por todo el grupo. Que la colaboración no dependa de que todas las personas estén presentes en todo momento.

Una organización madura no es aquella en la que todos hacen de todo, sino aquella en la que cada persona puede comprender qué le corresponde, cómo se relaciona su función con las demás y de qué manera contribuye al conjunto.

La colegialidad también necesita forma

La colegialidad ocupa un lugar importante en muchos proyectos Waldorf y antroposóficos. Bien entendida, permite que la responsabilidad no se concentre únicamente en una persona y que la vida de la organización pueda nutrirse de diferentes miradas.

Pero la colegialidad puede convertirse también en una palabra detrás de la cual escondemos problemas que no queremos afrontar.

No todas las decisiones necesitan ser tomadas por todas las personas. No todos los asuntos necesitan el mismo nivel de participación. No toda diferencia de opinión necesita resolverse mediante un consenso absoluto.

Cuando esto no está claro, las reuniones empiezan a acumular una cantidad enorme de funciones. Se utilizan para informar, decidir, elaborar conflictos, coordinar tareas, reflexionar sobre cuestiones pedagógicas y, a veces, incluso para intentar reconstruir relaciones personales deterioradas. El resultado suele ser agotamiento y una creciente sensación de ineficacia.

Desde una perspectiva antroposófica, la vida social necesita equilibrio entre libertad, igualdad y fraternidad, pero estos principios no actúan de la misma manera en todos los ámbitos. Hay espacios en los que necesitamos libertad para asumir una responsabilidad y ejercer criterio; otros en los que necesitamos participar en condiciones de igualdad; y otros en los que la cooperación y la solidaridad son fundamentales.

Cuando intentamos aplicar una única forma de funcionamiento a toda la organización, aparecen tensiones.

Por eso una de las tareas de la maduración consiste en observar dónde necesita existir autonomía, dónde participación colectiva y dónde cooperación. No para introducir jerarquías rígidas, sino para permitir que cada ámbito encuentre una forma adecuada a su función.

El trabajo invisible también cuenta

Hay otro signo frecuente de que un proyecto está entrando en una nueva etapa: algunas personas empiezan a sostener mucho más de lo que formalmente aparece.

Son quienes recuerdan las fechas, responden los mensajes, preparan reuniones, explican una y otra vez los procedimientos, resuelven problemas antes de que lleguen al grupo, acompañan a las nuevas personas y mantienen conexiones que los demás ni siquiera saben que existen.

Mientras el proyecto es pequeño, este tipo de trabajo puede pasar desapercibido. Cuando crece, empieza a convertirse en un riesgo.

Una organización no puede depender indefinidamente de la capacidad de ciertas personas para sostener mentalmente todo el sistema.

Si un proceso existe únicamente porque alguien lo recuerda, todavía no existe realmente como proceso. Si una información importante está solo en la cabeza de una persona, todavía no pertenece plenamente a la organización. Si una función desaparece cuando alguien se marcha, probablemente nunca llegó a encontrar una forma suficientemente clara.

Madurar implica hacer visible aquello que hasta entonces funcionaba de manera implícita.

Esto puede significar documentar procesos, clarificar responsabilidades, revisar la frecuencia de las reuniones, crear sistemas de seguimiento o simplemente empezar a nombrar todo ese trabajo que antes se daba por supuesto.

No para mecanizar la organización, sino para liberar a las personas de tener que sostenerla constantemente con su energía personal.

El cansancio puede ser una señal organizativa

Cuando las personas empiezan a agotarse, solemos mirar primero a los individuos. Pensamos que alguien debería descansar más, organizarse mejor o aprender a poner límites.

A veces es cierto.

Pero otras veces el cansancio no es solamente personal. Es una información sobre la estructura.

Si varias personas diferentes ocupan una misma función y terminan agotadas, quizá el problema no esté en ellas. Si las reuniones generan tensión independientemente de quién las coordine, quizá no sea únicamente una cuestión de carácter. Si la organización necesita constantemente esfuerzos extraordinarios para funcionar con normalidad, puede que estemos intentando sostener una forma que ya no corresponde a su tamaño o a su complejidad.

Mirar el cansancio de esta manera cambia mucho las preguntas que hacemos. En lugar de pedir simplemente a las personas que resistan mejor, podemos preguntarnos qué está pidiendo ser reorganizado.

Esto me parece especialmente importante en proyectos nacidos de un fuerte ideal, porque precisamente allí existe el riesgo de justificar demasiado sacrificio en nombre del propósito. Cuando creemos profundamente en algo, podemos aceptar durante mucho tiempo condiciones que en otro contexto reconoceríamos inmediatamente como insostenibles.

Pero un proyecto que necesita consumir continuamente a las personas que lo sostienen no está siendo verdaderamente cuidado.

Crecer no siempre significa hacer más

También existe una idea bastante extendida de que madurar significa expandirse: más alumnos, más actividades, más profesionales, más espacios, más visibilidad.

No necesariamente.

A veces una organización madura precisamente cuando aprende a renunciar.

Puede decidir no abrir una nueva clase, reducir actividades, simplificar su oferta, cerrar un proyecto paralelo o posponer una expansión hasta que la estructura interna esté preparada para sostenerla.

Desde una mirada orgánica, el crecimiento no puede ser únicamente cuantitativo. Un árbol no madura simplemente produciendo ramas sin límite. También desarrolla raíces, fortalece su tronco y encuentra un equilibrio entre expansión y capacidad de sostenerse.

En las organizaciones, esta imagen puede ayudarnos a reconocer una diferencia fundamental entre crecer y desarrollarse.

Un proyecto puede estar creciendo mucho y desarrollándose poco. Puede aumentar su actividad mientras sus procesos siguen siendo frágiles, incorporar más personas sin clarificar responsabilidades o generar más ingresos mientras aumenta también la dependencia de unas pocas figuras centrales.

La maduración pide profundidad además de expansión.

Volver a mirar el impulso

Cuando una organización entra en esta etapa, puede ser útil volver al comienzo, pero no para intentar recuperarlo tal como era. Volver al impulso originario significa preguntarnos qué queríamos proteger realmente cuando iniciamos el proyecto y qué parte de aquello sigue siendo esencial hoy.

Porque también el propósito puede madurar.

Una escuela fundada por un pequeño grupo de familias puede convertirse con los años en una organización que ya no pertenece únicamente a quienes estuvieron al principio. Nuevas generaciones de maestros, familias y colaboradores empiezan a formar parte de su biografía. El proyecto necesita poder integrar esas nuevas aportaciones sin perder su identidad.

Aquí aparece una cuestión delicada: distinguir entre fidelidad al impulso y fidelidad a las formas históricas que ese impulso adoptó.

No son lo mismo.

Una organización puede cambiar profundamente su estructura y seguir siendo muy fiel a aquello que la hizo nacer. También puede conservar exactamente sus formas externas y haber perdido hace tiempo el contacto con su propósito.

La maduración consiste, en gran parte, en aprender a reconocer esta diferencia.

Por eso, cuando acompaño un proyecto que ha llegado a este punto, no me interesa únicamente identificar qué procesos faltan o qué responsabilidades deberían definirse mejor. Me interesa comprender qué está intentando convertirse ahora esa organización y qué necesita dejar atrás para poder hacerlo.

La buena voluntad seguirá siendo importante. Sin ella, probablemente muchos proyectos nunca habrían nacido. Pero llega un momento en el que la buena voluntad necesita encontrarse con algo más: claridad, responsabilidad, límites, estructura y capacidad de observar el conjunto.

No para hacer que el proyecto sea menos humano.

Precisamente para permitir que las personas puedan seguir sosteniéndolo sin desaparecer dentro de él.

Quizá una de las preguntas más importantes cuando una iniciativa empieza a crecer sea entonces esta: ¿Qué estamos sosteniendo todavía con esfuerzo personal que ya debería haber encontrado una forma dentro de la organización?

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