Todo proyecto tiene su propia biografía

Cuando pensamos en la biografía solemos pensar en una persona. En aquello que ha vivido, en los encuentros que la han marcado, en las crisis que han cambiado su dirección y en esos momentos en los que algo que hasta entonces parecía tener sentido deja de tenerlo. Sin embargo, con los años he empezado a observar que algo parecido ocurre también con los proyectos. Una escuela, una asociación, una iniciativa social o una organización no son únicamente una suma de personas, tareas, recursos y decisiones. También tienen una historia. Nacen en un determinado momento, de un determinado impulso, encuentran a determinadas personas y atraviesan etapas que modifican profundamente aquello que pueden llegar a ser.

Desde una mirada antroposófica, el desarrollo no consiste simplemente en crecer. Desarrollarse implica atravesar transformaciones. La forma que era adecuada en un determinado momento puede dejar de serlo más adelante, y aquello que permitió que algo naciera no siempre será lo mismo que necesitará para continuar viviendo. Esto es bastante evidente cuando observamos una vida humana, pero a menudo lo olvidamos cuando trabajamos con organizaciones. Esperamos que las mismas estructuras, las mismas relaciones y las mismas formas de decidir puedan acompañar indefinidamente a un proyecto, aunque todo lo demás haya cambiado.

Una iniciativa suele comenzar con algo muy pequeño. A veces es una intuición que aparece en una sola persona; otras veces nace del encuentro entre varias personas que reconocen una necesidad común. En los proyectos Waldorf y antroposóficos este impulso inicial puede ser especialmente fuerte, porque normalmente no se parte únicamente de la voluntad de ofrecer un servicio, sino de una determinada comprensión del ser humano y del mundo. Se quiere crear una escuela diferente, una comunidad educativa, un espacio terapéutico, una iniciativa social o alguna otra forma que permita llevar algo valioso a la realidad.

Al principio, el impulso puede sostener casi todo. Las personas se conocen, hablan mucho entre ellas, resuelven los problemas de manera espontánea y hacen mucho más de lo que correspondería estrictamente a su función. Hay entusiasmo, disponibilidad y una cierta flexibilidad que permite que aquello que todavía no tiene una estructura definida pueda comenzar a existir. Y probablemente deba ser así. No tendría sentido pedir a una iniciativa recién nacida que tuviera ya la misma complejidad organizativa que una institución con veinte años de historia.

El problema aparece cuando confundimos ese modo de funcionar con la identidad profunda del proyecto.

Con el tiempo llegan nuevas familias, nuevos colaboradores, responsabilidades económicas, obligaciones legales y decisiones cada vez más complejas. Lo que antes podía resolverse alrededor de una mesa empieza a generar malentendidos. Lo que dependía de la memoria de una persona necesita convertirse en un proceso. Lo que durante años hizo alguien por pura disponibilidad empieza a necesitar un rol definido. La organización está pidiendo una nueva forma, pero muchas veces el grupo interpreta esa necesidad como una pérdida del espíritu original: aparecen temores a burocratizarse, jerarquizarse o convertirse en algo demasiado empresarial.

Precisamente aquí me parece especialmente valiosa una mirada antroposófica. La forma no tiene por qué ser lo contrario de la vida. Una forma viva es aquella que responde al momento de desarrollo del organismo. Pensemos en una planta: aquello que protege y contiene la semilla no puede convertirse en la forma definitiva de la planta adulta. Para que haya desarrollo, una forma debe poder dar paso a otra. Lo importante no es conservar eternamente la forma inicial, sino reconocer aquello que debe permanecer mientras la forma cambia.

En una organización ocurre algo parecido. Podemos preguntarnos qué pertenece realmente al impulso del proyecto y qué pertenece simplemente a la manera en que ese impulso pudo manifestarse durante sus primeros años. Son cosas diferentes. Una determinada forma de tomar decisiones, una distribución concreta de responsabilidades o incluso la presencia permanente de quienes fundaron la iniciativa pueden haber sido indispensables en un momento y convertirse, años después, en aquello que dificulta su desarrollo.

Por eso observar la biografía de un proyecto no significa hacer una cronología de acontecimientos. Significa intentar comprender sus movimientos. ¿Qué quiso nacer cuando comenzó? ¿Quiénes fueron las personas que lo hicieron posible? ¿Qué encuentros cambiaron su dirección? ¿En qué momentos creció? ¿Cuándo aparecieron las primeras crisis? ¿Qué decisiones permitieron atravesarlas? ¿Qué patrones vuelven una y otra vez? Hay organizaciones que repiten los mismos conflictos con personas diferentes, del mismo modo que en una biografía individual podemos reconocer determinados temas que aparecen bajo formas distintas.

También existen acontecimientos que funcionan como verdaderos umbrales. La partida de una persona fundadora, la llegada de una nueva generación de maestros, una crisis económica, un crecimiento muy rápido, un cambio de sede o un conflicto importante pueden modificar profundamente la vida de una organización. Mirados únicamente desde la gestión, son problemas que hay que resolver. Mirados biográficamente, pueden ser también señales de que el proyecto ha llegado al final de una etapa.

Esto no significa romantizar las crisis. Una organización puede tener problemas muy concretos que requieren soluciones igualmente concretas: una estructura económica insostenible, responsabilidades mal distribuidas, ausencia de procesos, falta de claridad en la gobernanza o conflictos que no han sido atendidos a tiempo. La mirada biográfica no sustituye el trabajo organizativo. Lo amplía. Nos permite preguntarnos no solamente «¿cómo solucionamos esto?», sino también «¿por qué aparece precisamente ahora y qué nos está pidiendo este momento del proyecto?».

Es una diferencia que puede cambiar mucho la manera de intervenir.

A veces descubrimos que el proyecto no necesita hacer más, sino dejar algo atrás. En otros momentos necesita diferenciar funciones que durante años estuvieron mezcladas. Puede necesitar que quienes lo fundaron ocupen otro lugar, que se incorpore una mirada externa o que se vuelva a formular con claridad aquello que quiere aportar. Incluso puede ocurrir que algo que tuvo sentido durante mucho tiempo haya cumplido ya su función. La metamorfosis siempre contiene una pequeña renuncia: una forma desaparece para que otra pueda llegar a existir.

Quizá por eso me interesa tanto trabajar con proyectos desde esta perspectiva. Cuando entro en una organización no quiero observar solamente qué funciona y qué no funciona. Me interesa conocer su historia. Entender de dónde viene, qué personas la han sostenido, qué decisiones la han formado y qué se ha intentado proteger a lo largo del tiempo. Solo después podemos empezar a mirar estructuras, roles, procesos, gobernanza o planificación con suficiente profundidad.

Porque una organización puede ser perfectamente eficiente y haber perdido el sentido de aquello que la hizo nacer. Pero también puede conservar un ideal muy elevado y, al mismo tiempo, no haber desarrollado las estructuras necesarias para hacerlo sostenible en la realidad. Ninguno de los dos extremos me parece especialmente vivo.

El trabajo está precisamente en ese espacio intermedio: permitir que el impulso encuentre una forma y, cuando esa forma haya cumplido su función, ayudarla a transformarse.

Por eso pienso cada vez más los proyectos a través de tres grandes movimientos: nacer, madurar y transformarse. No necesariamente como etapas lineales, sino como movimientos que pueden aparecer muchas veces a lo largo de la vida de una organización. Hay momentos en los que algo nuevo necesita nacer dentro de una institución antigua; momentos en los que una iniciativa necesita consolidarse; y momentos en los que seguir haciendo lo mismo empieza a impedir que continúe desarrollándose.

Quizá la primera pregunta, entonces, no sea «¿qué tenemos que hacer?».

Quizá antes haya que preguntarse: ¿En qué momento de su biografía se encuentra nuestro proyecto?

Porque comprender el momento en el que estamos puede cambiar por completo la forma en que decidimos hacia dónde continuar.

Visited 3 times, 1 visit(s) today